Marilyn Monroe: el talento y la frescura de una criatura salvaje y la construcción en pantalla de un ser mitológico
Desde sus primeras apariciones, la actriz destinada a convertirse en ícono de Hollywood dio muestras de su timing innato para la comedia y de los recursos dramáticos con los que contaba
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El Festival de Torino, una de las muestras más interesantes del calendario europeo de cine, es el primero en recordarnos que este año es el del centenario. No del cine, que ya tiene 131 años, sino de una de sus encarnaciones (tómese el término de modo literal) más apasionadas e icónicas. Este año se cumplen 100 del nacimiento de la señorita Norma Jean Baker, la creadora de esa criatura salvaje de la pantalla que conocemos como Marilyn Monroe. Por supuesto, habrá homenajes y recuerdos en todo el mundo: Marilyn, como Mickey Mouse o el vagabundo de Chaplin, es una de las imágenes del cine. Como sucede con no más de una decena de elegidos, se ha vuelto icono, índice y símbolo, representación completa. Desgraciadamente, porque los mitos suelen cuajar como quieren en la memoria colectiva, aún muchos la consideran algo así como la más grande figura decorativa del cine, la definición del sexo -que siempre tiene mala fama- por excelencia en la pantalla. Es un error gigantesco: nadie se convierte en un ser mitológico solo por su forma o su imagen. La Monroe era una gran actriz, una perfecta comediante -quizás la mayor comediante “natural”, con timing innato- y una mujer inteligente. Su entronización como mito erótico es un poco justa y un mucho intento de leyenda negra: que se la recuerde con agradecimiento es una forma de quebrarla.
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