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La joven Annie Rose no sabía cocinar. Bah, en realidad no había estudiado, porque lo poco o mucho que conocía al respecto lo había aprendido mirando a su madre Ángela. Su padre, Pedro Juan, era maestro y poeta, tan devoto a la vocación, que recién casado con Ángela, se instaló en Dolores, donde fundó una escuela. El tiempo fue implacable, y con los años, de aquella solo quedó una baldosa, que Annie guardaba como un tesoro.




