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Dicen los memoriosos que fue un domingo, promediando la década del 50. Por el hall del aeropuerto de Ezeiza caminaba espigado y altivo Pedro Codicinio, un hombre elegante y atlético, de anteojos negros y sobretodo blanco. No había manera de no verlo, de no seguirlo con la mirada, de no saber que era uno de los actores más importantes del cine de entonces. Con paso firme y andar seguro, el galán se acercó al mostrador y, apoyándose en él, se dispuso a susurrar algo al oído de la empleada. ¿Sería posible una declaración de amor a primera vista? “¿Por qué no?”, pensó más de uno: si alguien podía darse esos lujos, sin duda era él. Pero no, el susurro del seductor empedernido fue otro: “Por favor, no me llame con mi nombre real. Dígame ‘Jorge Salcedo’”.



