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Entre casas de cambio, atracciones turísticas y la vorágine de oficinistas apurados, se encuentra en pleno microcentro porteño un testigo vivo de aquello que el barrio supo ser: el Claridge Hotel. Al ingresar a su lobby con revestimiento de mármol, columnas de capiteles jónicos, sillones father ingleses y boiseries de madera, se evidencia la ambición fundacional de este ícono. Diseñado para impresionar, su bar fue por muchos años sinónimo de lujo, calidad y estatus. Hoy se renueva, buscando convertirse también en un centro de arte y cultura, con variadas propuestas culturales clásicas y contemporáneas.




