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El polo fue una constante en la vida de los dueños de casa, una tradición que despertó pasiones generación tras generación. Hace ya muchos años, buscando una chacra para largar los caballos al final de la temporada, se les presentó el ideal muy cerca del legendario club La Espadaña. El terreno era perfecto; la casa, no: “Estaba en un estado de abandono absoluto”, cuenta diseñadora de interiores Marcela Rodríguez Barrena, a cuyo ojo experto no se le escapó el potencial de la construcción, que vivificó con ingenio, buen gusto y muchas piezas de remates.




